Este blog, fue creado con profundo amor y está dedicado a los Mensajeros de Dios, la Hueste Angélica, que a cada momento de nuestra vida nos rodean, protegen y guían con su infinito Amor.-

7 de octubre de 2015

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO 07 DE OCTUBRE

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO

El Rosario es una serie de 150 avemarías repartidas en decenas; cada una de las cuales comienza por un padrenuestro y termina con un gloria.

Los fieles honran durante el rosario a Cristo y a su Santísima Madre y meditan sobre los quince principales misterios de la vida de ambos.-

Si se sigue la propuesta del papa Juan Pablo II, se debe agregar a estos quince los cinco «misterios de la luz», que añade al conjunto cinco aspectos «sacramentales» (el bautismo de Jesús, las Bodas de Caná, la proclamación del Reino, la Transfiguración y la institución de la Eucaristía).

Precisamente ese rezo es un método fácil y adaptable a toda clase de personas, aun a las menos instruidas, y una excelente manera de ejercitar los actos más sublimes de fe y contemplación.

Todo el Evangelio está contenido en el padrenuestro, la oración que el Señor nos enseñó, y quienes lo han penetrado a fondo no pueden cansarse de repetirlo; en cuanto al avemaría, toda ella está centrada en el misterio de la Encarnación y es la oración más apropiada para honrar dicho misterio.

Aunque en el avemaría hablamos directamente a la Santísima Virgen e invocamos su intercesión, esa oración es sobre todo una alabanza y una acción de gracias a su Hijo por la infinita misericordia que nos mostró al encarnarse.
San Pío V ordenó en 1572 que se conmemorase anualmente a Nuestra Señora de las Victorias para obtener la misericordia de Dios sobre su Iglesia, para agradecerle sus innumerables beneficios y, en particular, para darle gracias por haber salvado a la cristiandad del dominio de los turcos en la victoria de Lepanto (1571).

Aquel triunfo fue una especie de respuesta directa del cielo a las oraciones y procesiones del rosario, organizadas por las cofradías de Roma, en el momento en que se libraba la batalla.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el del Rosario y determinó que se celebrase el primer domingo de octubre (día en que se había ganado la batalla).

El 5 de agosto de 1716, día de la fiesta de la dedicación de Santa María la Mayor, los cristianos, mandados por el príncipe Eugenio, infligieron otra importante derrota a los turcos en Peterwardein de Hungría.
Con ese motivo, el Papa Clemente XI extendió a toda la Iglesia de Occidente la fiesta del Santo Rosario.

Actualmente se celebra el 7 de octubre, día en que se ganó la batalla de Lepanto; pero los dominicos siguen celebrándola el primer domingo del mes.

Según la tradición dominicana, ratificada por muchos Pontífices, Santo Domingo fue quien dio al rosario su forma actual, cuando obedeció al pie de la letra las instrucciones que le dio la Santísima Virgen en una visión.

La verdad de aquel suceso fue puesta en duda por primera vez hace dos siglos y, desde entonces, la controversia se ha entablado una y otra vez.

Ya se sabe que el uso de objetos similares al rosario para ayudar a la memoria a llevar la cuenta es muy antiguo y anterior a la época de Santo Domingo.

Por no citar más que un ejemplo, los monjes de Oriente emplean una especie de rosario de cien cuentas o perlas dispuestas de modo muy diferente al nuestro y que no tiene nada que ver con el que nosotros rezamos.

Por otra parte, está fuera de duda que en el siglo XIII se acostumbraba ya en todo el Occidente repetir cierto número de padrenuestros o avemarías (con frecuencia 150, que es el número de los salmos) y llevar la cuenta por medio de sartas de cuentecillas.

Ninguna de las historias del rosario anteriores al siglo XV hace mención de Santo Domingo y, durante los dos siglos siguientes, ni siquiera los dominicos estaban de acuerdo en la manera de definir el papel desempeñado por el Santo fundador.
Ninguna de sus biografías primitivas habla del rosario y los primeros documentos de la orden, aun los que se refirieron a los métodos de oración, tampoco lo mencionan. Además, la iconografía dominicana, desde los frescos de Fra Angélico hasta la suntuosa tumba de Santo Domingo en Bolonia (terminada en 1532), no ofrece vestigios del rosario.

En vista de los hechos que acabamos de enumerar, la opinión actual sobre el origen del rosario es muy diferente de la que prevalecía en el siglo XVI. Dom Luis Gougaud escribía en 1922 que «los diferentes elementos que componen la devoción católica conocida ordinariamente con el nombre de rosario, son el producto de un desarrollo gradual y prolongado, de una evolución que comenzó antes de la época de Santo Domingo, continuó sin que el Santo influyese en ella y tomó su forma definitiva varios siglos después de su muerte».

El P. Gettino, O.P., opina que Santo Domingo puede considerarse como el creador de la devoción del rosario, porque popularizó la práctica de rezar una serie de avemarías, aunque no fijó su número ni determinó la inserción de los padrenuestros.

Por su parte, el P. Beda Jarret, O.P., afirma enfáticamente que el rosario inventado por Santo Domingo no era, propiamente hablando, «una devoción o fórmula de oración sino un método de predicación».


Pero, aunque tal vez haya que abandonar la idea de que Santo Domingo inventó y propagó la devoción del rosario, no por ello deja ésta de estar íntimamente relacionada con los dominicos, ya que fueron ellos quienes le dieron la forma que tiene actualmente y durante varios siglos la han predicado en todo el mundo. Ello ha sido una fuente de bendiciones para innumerables almas y ha producido una corriente incesante de oraciones que se elevan a Dios.

No hay cristiano, por simple e iletrado que sea, que no pueda rezar el rosario. Y dicha devoción puede ser el vehículo de la más alta contemplación y de la oración más sencilla.

Todo cristiano está familiarizado con la idea de que, siendo el rosario una verdadera fuente de gracias, es muy natural que la Iglesia le consagre una fiesta.

En Montevideo, la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario y Santo Domingo se encuentra en la Calle Dr. Mario Cassinoni 1337 esquina José Enrique Rodó, el el barrio del Cordón.-










4 de octubre de 2015

SAN FRANCISCO DE ASIS Y EL IMPRESIONANTE ENCUENTRO CON EL LOBO DE GUBBIO

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse. Era tal el terror, que nadie se aventuraba a salir de la ciudad.
San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, quiso salir a enfrentarse con el lobo, desatendiendo los consejos de los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza.
Encuentro sorprendente
Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista de muchos de los habitantes, que habían seguido en gran número para ver este milagro, el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:
"¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie."
Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:
"Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre ti y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros."
Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Le dijo entonces San Francisco:
"Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?"
El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco le dijo:
"Hermano lobo, quiero que me des fe de esta promesa, para que yo pueda fiarme de ti plenamente."
San Francisco le tendió la mano para recibir la fe, y el lobo levantó la pata delantera y la puso mansamente sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe que le pedía. Luego le dijo San Francisco:
"Hermano lobo, te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora conmigo sin temor alguno; vamos a concluir esta paz en el nombre de Dios."
El lobo, obediente, marchó con él como manso cordero, en medio del asombro de los habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la ciudad; y todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver el lobo con San Francisco.
Cuando todo el pueblo se hubo reunido, San Francisco se levantó y les predicó, diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales calamidades por causa de los pecados; y que es mucho más de temer el fuego del infierno, que ha de durar eternamente para los condenados, que no la ferocidad de un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la boca de un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta gente, cuánto más de temer no será la boca del infierno.
"Volveos, pues, a Dios, carísimos, y haced penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo al presente y del fuego infernal en el futuro."
Terminado el sermón, dijo San Francisco:
"Escuchen, hermanos míos: el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido y dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de paz."
Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió alimentarlo continuamente. Y San Francisco dijo al lobo delante de todos:
"Y tú, hermano lobo, ¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz, es decir, que no harás daño ni a los hombres, ni a los animales, ni a criatura alguna?"
El lobo se arrodilló y bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del cuerpo, de la cola y de las orejas, en la forma que podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del acuerdo"
Añadió San Francisco:
"Hermano lobo, quiero que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las puertas de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de todo el pueblo de que yo no quedaré engañado en la palabra que he dado en nombre tuyo."
Entonces, el lobo, alzando la pata derecha, la puso en la mano de San Francisco. Este acto y los otros que se han referido produjeron tanta admiración y alegría en todo el pueblo, así por la devoción del Santo como por la novedad del milagro y por la paz con el lobo, que todos comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a Dios por haberles enviado a San Francisco, el cual, por sus méritos, los había librado de la boca de la bestia feroz.
El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros.
Por fin, al cabo de dos años, el hermano lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la santidad de San Francisco.

Fuente: Las Florecillas de San Francisco de Asis Capítulo XXI Siglo XIV




SAN FRANCISCO DE ASIS


SAN FRANCISCO DE ASIS 04 DE OCTUBRE

San Francisco fue un santo que vivió tiempos difíciles de la Iglesia y la ayudó mucho. Renunció a su herencia dándole más importancia en su vida a los bienes espirituales que a los materiales.

Francisco nació en Asís, Italia en 1181 ó 1182. Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante y su madre, Pica, pertenecía a una familia noble. Tenían una situación económica muy desahogada.

Su padre comerciaba mucho con Francia y cuando nació su hijo estaba fuera del país. Las gentes apodaron al niño “francesco” (el francés) aunque en realidad había recibido en su bautismo el nombre de “Juan.”

En su juventud no se interesó ni por los negocios de su padre ni por los estudios. Se dedicó a gozar de la vida y de las fiestas. Gastaba mucho dinero pero siempre daba limosnas a los pobres. Le gustaban las románticas tradiciones caballerescas que propagaban los trovadores.

Cuando Francisco tenía veinte años hubo una guerra entre Asís y la ciudad de Perugia. Francisco salió a combatir por su ciudad, y cayó prisionero de los enemigos. La prisión duró un año, tiempo que él aprovechó para meditar y pensar seriamente en la vida.

Cuando recobró la libertad cayó gravemente enfermo. La enfermedad fortaleció y maduró su espíritu. Cuando se recuperó, decidió ir a combatir en el ejército. Se compró una armadura sumamente elegante y el mejor caballo que encontró. Pero por el camino se le presentó un pobre militar que no tenía con qué comprar armadura ni caballería, y Francisco, conmovido, le regaló todo su lujoso equipo militar. Esa noche en sueños sintió que le presentaban en cambio de lo que él había obsequiado, unas armaduras mejores para enfrentarse a los enemigos del espíritu.

Entonces se volvió a su ciudad, pero ya no a divertirse y parrandear sino a meditar en serio acerca de su futuro. La gente al verlo tan silencioso y meditabundo comentaba que Francisco probablemente estaba enamorado. Él comentaba: "Sí, estoy enamorado y es de la novia más fiel y más pura y santificadora que existe". Los demás no sabían de quién se trataba, pero él sí sabía muy bien que se estaba enamorando de la pobreza, o sea de una manera de vivir que fuera lo más parecida posible al modo totalmente pobre como vivió Jesús.

Un día, rezando ante un gran crucifijo en la ermita de San Damián, le pareció oír que Cristo le decía tres veces: "Francisco, tienes que reparar mi casa, porque está en ruinas". Él creyó que Jesús le mandaba arreglar las paredes de la iglesia de San Damián, que estaban derruidas, y se fue a su casa y vendió su caballo y una buena cantidad de telas del almacén de su padre y le trajo dinero al Padre Capellán de San Damián, pidiéndole que lo dejara quedarse allí ayudándole a reparar esa construcción que estaba en ruinas.

El sacerdote le dijo que sí se podía quedar ahí, pero que no podía aceptar su dinero. El padre de Francisco, al enterarse de lo sucedido, fue a la Iglesia de San Damián pero su hijo se escondió.

Pasó algunos días en oración y ayuno. Regresó a su pueblo y estaba tan desfigurado y mal vestido que las gentes se burlaban de él como si fuese un loco

Su padre le dijo que volviera a su casa o que renunciara a su herencia y le pagara el precio de los vestidos que había vendido de su tienda. San Francisco no tuvo problema en renunciar a la herencia, pero le dijo que el dinero de los vestidos pertenecía a Dios y a los pobres.

Su padre le denunció y lo obligó a ir ante el obispo de Asís quien le sugirió devolver el dinero y tener confianza en Dios. Francisco se desnudó en medio de la plaza llena de curiosos y devolvió la ropa a su padre ya que a él le pertenecía. El padre se fue muy lastimado y el obispo regaló a Francisco un viejo vestido de labrador que tenía al que San Francisco le puso una cruz con un trozo de tiza y se lo puso.

Francisco partió buscando un lugar para establecerse. Unas personas le regalaron una túnica, un cinturón y unas sandalias que usó durante dos años.

Luego regresó a San Damián y fue a Asís para pedir limosna para reparar la Iglesia.

Después se trasladó a una capillita llamada Porciúncula, de los benedictinos, que estaba en una llanura cerca de Asís. Era un sitio muy tranquilo que gustó mucho a Francisco. Al oír las palabras del Evangelio “...No lleven oro....ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón.”, regaló sus sandalias, su vara y su cinturón y se quedó solamente con su túnica sujetada con un cordón.

Comenzó a hablar a sus oyentes acerca de la penitencia. Sus palabras llegaban a los corazones de sus oyentes. Al saludar a alguien, le decía “La paz del Señor sea contigo”. Francisco tuvo muchos seguidores y algunos querían hacerse discípulos suyos.

Su primer discípulo fue Bernardo de Quintavalle que era un rico comerciante de Asís que vendió todo lo que tenía para darlo a los pobres.

Su segundo discípulo fue Pedro de Cattaneo. Francisco les concedió hábitos a los dos en abril de 1209.

Cuando ya eran doce discípulos, Francisco redactó una regla breve e informal que eran principalmente consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Después de varios años se autorizó por el Papa Inocencio III la regla y les dio por misión predicar la penitencia.

Francisco y sus compañeros se trasladaron a una cabaña que luego tuvieron que desalojar. En 1212, el abad regaló a San Francisco la capilla de Porciúncula con la condición de que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva orden. Él la aceptó pero sólo prestada sabiendo que pertenecía a los benedictinos. Alrededor de la Porciúncula construyeron cabañas muy sencillas. La pobreza era el fundamento de su orden. Francisco sólo llegó a ordenarse diácono porque se consideraba indigno de ser sacerdote.

Los primeros años de la orden fueron un período de entrenamiento en la pobreza y en la caridad fraterna. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para ganarse el pan de cada día.

Cuando no había trabajo suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta. El fundador les había prohibido aceptar dinero. Se distinguían por su gran capacidad de servicio a los demás, especialmente a los leprosos a quienes llamaban “hermanos cristianos”. Debían siempre obedecer al obispo del lugar donde se encontraran. El número de compañeros del santo iba en aumento.

Una joven de Asís llamada Clara oyó predicar a Francisco y decidió seguirlo en 1212. San Francisco consiguió que Clara y sus compañeras se establecieran en San Damián. La oración de éstas hacía fecundo el trabajo de los franciscanos.

Francisco dio a su orden el nombre de “Frailes Menores” ya que quería que fueran humildes. La orden creció tanto que necesitaba de una organización sistemática y de disciplina común. En la orden había quienes querían hacer unas reformas a las reglas, pero Francisco no estuvo de acuerdo con éstas. Pero Francisco decía que éste era precisamente el espíritu y modo de vida de su orden.

En la Navidad de 1223 Francisco representó en una cueva el nacimiento de Cristo y se celebró Misa. De ahí surgió la costumbre de hacer belenes o nacimientos en Navidad.

En 1224 se retiró al Monte Alvernia Es aquí donde recibió los estigmas: le quedaron impresas las señales de la pasión de Cristo en sus manos, pies y costado.

La salud de San Francisco se fue deteriorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaron y ya casi estaba ciego. En el verano de 1225 lo llevaron a varios médicos porque ya estaba muy enfermo.

Al enterarse que le quedaban pocas semanas de vida, dijo “¡Bienvenida, hermana muerte!” Y pidió que lo llevaran a la Porciúncula.

Murió el 3 de octubre de 1226 después de escuchar la pasión de Cristo según San Juan.

Tenía 44 años de edad. Lo sepultaron en la Iglesia de San Jorge en Asís, donde hoy se levanta la Basílica que lleva su nombre.










2 de octubre de 2015

EL PAPA FRANCISCO HABLA SOBBRE EL ÁNGEL DE LA GUARDA

El Papa Francisco ha asegurado que cada uno debe creer en su "ángel de la guarda", "compañero de viaje", y rezarle para estar seguro de tomar las buenas decisiones a diario.
"Esta doctrina sobre los ángeles no es fantasiosa, no, es real", ha insistido Jorge Bergoglio."Todos tenemos, según la tradición de la Iglesia, un ángel que nos protege y nos hace entender las cosas", ha explicado durante su misa cotidiana en la capilla de su residencia de Santa Marta en el Vaticano.
La Iglesia católica celebraba el 2 de octubre los "santos ángeles de la guarda", y Francisco sigue escrupulosamente el calendario litúrgico y el de los santos.
"Cuántas veces hemos oído: 'no deberías hacer esto así... y, cuidado, que esto no está bien'.
Es la voz de nuestro compañero de viaje", ha explicado el papa, antes de recalcar: "Nadie camina solo y nadie puede pensar que está solo".
"¿Cuál es mi relación con mi ángel de la guarda? ¿Lo escucho? ¿Le digo buenos días por la mañana? ¿Le pido: 'cuídame durante el sueño'? ¿Hablo con él? ¿Le pido su consejo?".

DÍA DEL ÁNGEL DE LA GUARDA 02 DE OCTUBRE

Cuando decidimos realizar nuestra evolución y salimos del "Yo Soy" y nos convertimos en Divinas Presencias Individualizadas, el Padre nos otorgó tres regalos, y uno de ellos fue nuestro Ángel de la Guarda.

Por lo tanto cada uno de nosotros tenemos un Ángel que nos acompaña durante todas nuestras encarnaciones y también los protege.

Si no lo aceptamos, reconocemos y le damos permiso para que actúe en nuestra vida, él va a respetar nuestro libre albedrío y se quedará siempre a nuestro lado, sin intervenir en nuestra vida, pero esperando la mínima oportunidad en que le pidamos su ayuda, para brindárnosla.

Cuando desencarnamos el Ángel regresa a su hogar con su familia, para volver junto a nosotros cuando encarnamos nuevamente.

Generalmente los niños hasta la edad de siete años, ven a su Ángel de la Guarda y hasta juegan con él, es su amigo imaginario.

El Ángel de la Guarda pertenece al Rayo Oro Rubí y está comandado por el Arcángel Uriel, que es el Arcángel que posee más Ángeles bajo su cargo junto con el Arcángel Miguel.

Por lo tanto es sumamente importante que tomemos conciencia que el Padre ha enviado con cada uno de nosotros uno de sus Ángeles, con la misión de ayudarnos y cuidarnos y que el Ángel de la Guarda está unido a nosotros durante todas nuestras encarnaciones no pudiéndose separar de nuestro lado ni por un instante, es un verdadero prisionero de amor, por Amor a Dios y a nosotros.

Por lo tanto tenemos que empezar a reconocerlo, a pensar en él, a sentirlo junto a nosotros, y lo más importante de todo, pedirle que nos ayude en cada cosa que necesitemos, para que así él pueda cumplir la misión que le fuera encomendada por Dios: ayudarnos y protegernos en todo lugar y circunstancia.

Podemos dirigirnos a nuestro Ángel de la Guarda y decirle algo así:

"Amado Ángel de la Guarda, te pido perdón por el tiempo que no supe de tu existencia y por lo tanto no te di mi reconocimiento, ni tampoco pedí Tu protección.
A partir de hoy te reconozco como mi amigo, te pido que me acompañes siempre y me protejas en todo momento.
Te doy la llave de mi corazón para que actúes en mi vida y en mi mundo hoy y siempre"

Al Ángel de la Guarda, se le puede pedir también que nos diga su nombre. El mismo puede llegarnos en forma inmediata a través de la intuición, surgir un nombre en nuestra mente,

Cuando comenzamos a trabajar con los Ángeles, ellos manifiestan su presencia a través de cosas físicas que todos podemos  ver como por ejemplo:

a) Nubes con forma de Ángeles
b) Nubes que se asemejan a las alas de los Ángeles
c) Observar Ángeles en cristales de cuarzo
d) Pueden aparecer plumas blancas
e) Escuchar la palabra "Angel" ya sea en la televisión, en la letra de una canción o tal vez alguien la dice fuera de un contexto usual
f) También es posible recibir algún Ángel de cristal, llamadores angélicos, libros  que hablen sobre ellos o cualquier otro objeto relacionado a los mismos, como muestra física de su presencia en nuestra vida.